martes, mayo 28

Adiós, Fernando Morales, siempre estuviste al lado | Televisión

Saber que la depresión a veces es tan crónica que se la lleva el viento, es muy liberador para quienes la padecen. No te preocupes si puedes convertirte en un infierno sin desahogo físico, incluso sentimental. Pero recibió la visita inesperada de las lágrimas en dos ocasiones y en una semana. No, todo está perdido. El domingo me pasó después de una conversación telefónica de mil minutos con el amor de niñez, o mar perpetuo, con una mujer de la que no había dejado ningún dato después de 60 años. Y quiero sentir esa humedad en mis familiares y en mi corazón cuando escucho que mi amigo Fernando Morales se ha expandido involuntariamente al otro barrio. La memoria está llena de recuerdos llenos de acontecimientos. Y entiendo que no ha tocado mi teléfono ni ha respondido a mis mensajes en meses. Lo mantuvo lógica y patéticamente satisfecho. Quiero creer que la angustia no terminó con él cuando sentí o supuse que era el final. Recuerdo que su mujer se extendía tranquilamente, que el sufrimiento no tenía sabor a él. Mar de Bendito.

Llevas 17 años compartiendo la misma página con este señor. Yo escribía columnas sobre televisión, o sobre la vida, y ella, junto con Miguel Ángel Palomo, me informaba de las películas que proyectaban los televisores. Antes de las plataformas, del cine a la carta y en diferido. Era un verdadero profesional, un ejemplo actual. Y también era un vitalista, cálido, de mal humor, pero siempre veraz.

Disfruto sabiendo y preguntándome cómo ser un ser humano tan formidable. Fue completamente bueno, al revés, nada complicado ni oscuro, sin necesidad de volver a los filtros engañosos, tan brutalmente sincero como generoso, posado por una risa explosiva, alguien que se dejaba descubrir con sus preguntas o sus apreciaciones sin esperar la complicidad de el ojo. A veces elemental en sus juicios, pero siempre alguien auténtico, algo tan anormal como un buen hombre, correspondiente al inmenso amor por su mujer y por su esposa, con placeres simples (los porros los gastó durante mucho tiempo en su único e inofensivo vecino). ), comprensiva y leal, haciéndose pasar por Bendita y transmitiendo alegría. La película también se mueve bien en el silencio, en su intención de comprender al desesperado, sabiendo siempre que yo estaba allí. Disfruté abrazándolos cada vez, compartiendo con muchas risas e intimidación. Y sigo lorando, Fernando. Como tú voy a echar de menos, aunque nos separe el desastre físico que se ha creado contigo en los últimos años. Siempre tendrás un lugar privilegiado en mi árbol. Era la mejor persona más legal que podía ser en este mundo. Y estoy jugando a recordarte.

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