lunes, julio 15

Inmigración: Más de 10 meses sin ver la luz del sol | Internacional

Me llamo Elvis, soy de Burkina Faso y hace siete años tomé la decisión que me cambió la vida. Vengo de una familia en la que las cosas nunca fueron fáciles. Mi padre murió y mi abuelo, que se hizo cargo de nosotros, fue asesinado en un atentado terrorista. Empezamos a tener muchos problemas y con 20 años me fui de mi país, aunque nunca tuve la intención de irme a Europa.

Muchos jóvenes del África subsahariana emigraban al norte para hacer dinero. Se iban dos, tres, cuatro, cinco años y les salía bien. Volvían a sus países y montaban negocios con el dinero que habían ganado. Antes de que estallase la guerra, Libia era un buen destino porque había bastante trabajo en la construcción y se pagaba bien. Así que yo cogí mi mochila sin avisar a mi familia y me fui a la aventura.

Llegué a Níger en buses, pero a partir de Agadez, la última ciudad nigerina antes de adentrarse en el Sáhara, los viajes se hacen en vehículos pick-up que controlan las mafias. Entre los traficantes hay gente y buena y mala, aquellos que te cobran y te llevan a tu destino y aquellos que nunca te llevarán o incluso te secuestrarán.

Mi viaje de Níger a Libia duró tres semanas. Yo tuve suerte porque es bastante común que la gente muera en ese trayecto, porque el todoterreno se queda sin combustible, porque se avería o se pierde, porque te caes y no paran por ti… El coche me dejó en Sabha, allí encontré una casa donde alojarme y un trabajo en la construcción.

Trabajé durante un mes, más o menos, hasta que un día aparecieron cinco coches de los que se bajaron varios hombres armados. Empezaron a disparar al aire, nos ordenaron que nos tumbásemos en el suelo con las manos en la espalda. Es decir, nos estaban secuestrando. A dos chicos los mataron a tiros cuando intentaron escapar. Al resto, nos encerraron. Para liberarnos nos dijeron que teníamos que pagar, que contactásemos con nuestras familias para que enviasen 5.000 euros por cada uno de nosotros. Si no, moriríamos.

Yo no quise llamar a mi familia porque sabía que mi madre no tenía ese dinero y tampoco quise hacerla sufrir. Solo llamé después de muchos meses y sufrimientos en esa cárcel porque quise decirle dónde estaba; por si al final me moría, que no tuviesen que buscarme. Mi madre intentó conseguir ese dinero de todas las formas posibles, pero yo no entendía que hubiese que pagar esa cantidad: si yo hubiese tenido en algún momento 5.000 euros nunca habría salido de mi país.

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Pasé más 10 meses en esa cárcel sin ver la luz del sol, vi a mucha gente morir de sed, de hambre, de golpes, de quemaduras… Yo estaba muy herido; aún tengo las cicatrices, pero sobreviví.

Mi gran suerte fue que un día esos mafiosos armados hicieron como una fiesta en la cárcel. Colapsaron después de beber y drogarse y se olvidaron de cerrar con llave las puertas de nuestras celdas. Algunos chicos se dieron cuenta, dieron la voz de alarma y organizamos una gran fuga. Los guardias, drogados y borrachos, no podían controlar nada. Aun así, hubo prisioneros que no pudieron huir porque tenían huesos rotos o heridas; no sé qué les pasó después.

Yo no tenía mucha fuerza para correr bien y no tenía ni idea de adónde ir. Hasta que un señor que se llamaba Mahamad me paró y me preguntó adónde iba. El hombre me llevó a su casa, me permitió ducharme, cambiarme de ropa y empezó a curar todas mis heridas. Me dio una habitación y comíamos todos juntos. Cuando la familia salía, yo me quedaba en casa porque aún no tenía la fuerza necesaria para hacer nada. Empecé a recuperarme un mes después y volví poco a poco a la vida normal y a ayudarle con sus huertos. Viví con él un año hasta que un día me dijo que quería irse a Egipto con su mujer y sus hijos, y me preguntó qué quería hacer yo.

Yo le conté que no pensaba volver a mi país en ese momento, pero que quería ir a Argelia a trabajar. Mahamad me recomendó marcharme a Europa, porque me iría mucho mejor. Me aseguró que me ayudaría a cruzar el Mediterráneo hacia Italia, y lo hizo. Era junio de 2018.

Esperé dos semanas cerca de la playa, el día que salimos éramos bastantes, unas 60 personas, con mujeres y niños. Pasamos varias horas en el mar hasta que nos encontró el barco Open Arms. Al principio creímos que eran los mafiosos que interceptan las barcas y que nos devolverían a Libia, otra vez para secuestrarnos, encerrarnos y pedirnos dinero.

Desembarcamos en Barcelona cuatro días después y nos recibieron de una manera que no podíamos imaginar. Pero pedí asilo y el Gobierno me lo denegó, después de dos años y medio de espera, diciendo que mi situación no era política, sino económica. Y cuando me lo denegaron, lo perdí todo: el permiso de residencia, el trabajo que tenía en una panadería y los cursos que estaba haciendo mientras trabajaba. Casi un año después, demostrando todo lo que había trabajado de forma regular, conseguí por fin un permiso de residencia y, después, otro trabajo en una fábrica donde estoy hasta hoy.

Ahora me siento bien, pero no le recomendaría esta aventura a nadie.

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