domingo, abril 14

Esperanzadora fluidez en la selección española | Baloncesto | Deportes

Fluye adecuadamente España en este Mundial, confirmando la senda apuntada en los partidos de preparación y corroborada por la placidez de su paso por la primera fase. A la espera de Letonia y sobre todo Canadá, varas de medir más exigentes, crece la sensación de que Scariolo ha vuelto a conformar un grupo sólido y solvente, ambicioso y confiado en sus posibilidades.

Fluye su rotación, entendible y coherente con las características de los jugadores y las demandas del partido. En el baloncesto moderno la dureza física obliga a manejar muchos jugadores. Es la prueba del algodón de un entrenador. En este apartado, como en otros, Scariolo es todo un maestro, pues con sus correctas decisiones suele alcanzar un doble objetivo. El primero, sumar esfuerzos y aciertos al lograr una buena aportación de casi todos los jugadores. El segundo, conseguir en diferentes momentos del partido positivas asociaciones entre jugadores complementarios para que puedan lucir lo mejor de su repertorio.

Fluye y hace fluir Juan Núñez, el chico de moda de la selección. No es para menos, pues aun a sabiendas de su enorme talento, su rendimiento está superando expectativas. Ninguna situación parece lo suficientemente complicada como para verle superado, lo que le emparenta con otros bases históricos de extrema precocidad como Corbalán o Rubio. Para entender que estamos ante un jugador muy especial basta observar su calmado e inalterable lenguaje no verbal. Su relajada forma de subir la pelota botando o conduciendo un contraataque, la cabeza siempre erguida buscando al compañero mejor situado, la mente clara para decidir entre dar una asistencia o tirar un triple. Todo lo que hace transmite seguridad y control emocional. Lo que es la vida. Hace pocas semanas iba a ver el Mundial por la tele. Hoy es una referencia fundamental en el juego de la selección.

Fluye el decisivo armazón defensivo, sobre todo cuando el toque de corneta lo protagonizan dos jugadores singulares como son Alberto Díaz y Usman Garuba. Cada vez que Scariolo les pone en la pista dan todo un curso de intensidad, piernas y disposición para romperse el espinazo en la lucha por una pelota sin dueño o plantarse delante de un tren de mercancías a toda velocidad para robar una falta de ataque. Este espíritu inquebrantable resulta contagioso por lo que el efecto sobre el ánimo del equipo es impagable.

Fluye el relevo generacional, pausado y sin estridencias. Los jóvenes van tomando protagonismo de una forma muy natural sin que para ellos los más curtidos tengan que perder peso en el entramado colectivo. Diferentes edades y momentos vitales con un libreto común que permite que se superpongan de una forma generosa y altruista. Resultado, todos contentos y a favor de la obra.

Fluye también el sentimiento grupal que alcanza incluso a los que por diversas circunstancias no pueden estar en el aquí y ahora. El detalle de la camiseta de Ricky Rubio explica una atención que va más allá de lo profesional y que ahonda en ese mantra de #LaFamilia, toda una seña de identidad colectiva.

Fluye, en definitiva, un equipo que conoce perfectamente los tiempos de este tipo de torneos. Librados sin sobresaltos los primeros compromisos, la carretera se empina en la búsqueda de la mejor posición para los cuartos, Rubicón que separa el éxito del fracaso. Hacia este nuevo escenario se encamina España con tranquilidad, sin estridencias, llamando lo justo la atención, concentrada en lo suyo, sabedora de que va a necesitar una marcha más. La que le puede dar una mayor incidencia en el juego del anterior MVP, Willy Hernangómez.

Es tiempo para el ajuste fino. Eso sí, siempre fluyendo.

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