martes, abril 23

Ángel Torres, un legado de dedicación, inteligencia y compromiso | Economía

Escribo estas líneas con la sensación de quien intenta meter la inmensidad del mar en un hoyo, al tratar de honrar la memoria de Ángel Torres Torres, vicepresidente de la CNMC entre tantas otras cosas, en un breve texto. Ángel consagró su vida profesional al servicio del interés público, desempeñando un papel callado pero fundamental para el progreso de España. Se fue el 19 de agosto de 2023 a la edad de 70 años, dejando tras de sí un legado de dedicación, inteligencia y compromiso inquebrantable.

Este domingo numerosos medios se hacían eco de su meritoria carrera profesional, desde su ingreso en el Cuerpo Superior de funcionarios Técnicos Comerciales y Economistas del Estado, y a lo largo de toda su trayectoria, en posiciones muy relevantes en instituciones públicas tanto nacionales como internacionales (en el Fondo Monetario Internacional, en el Banco Mundial, en la Consejería Económica y Comercial de la Representación Permanente de España en la OCDE, en París y en la Oficina Económica y Comercial en la Embajada de España en Roma). Ángel fue secretario general de Política Económica y Defensa de la Competencia, director general de Política Económica y director general de Planificación en el Ministerio de Economía y Hacienda, subdirector general de Estudios y jefe del Servicio de Balanza de Pagos en la Secretaría de Estado de Comercio y subdirector y vocal asesor de Instituciones Financieras Multilaterales en la secretaría de Estado de Economía y Apoyo a la Empresa.

Fue el artífice de normas clave para la economía española; responsable de la elaboración de la balanza de pagos antes de que esta competencia fuera transferida al Banco de España en 1989 y del desarrollo de un programa de investigación orientado al estudio de experiencias de liberalización comercial en España, con gran impacto en la normativa posterior. También le debemos la transposición de la directiva de servicios en España entre 2008 y 2010, que se realizó bajo su dirección y coordinación y que exigió la reforma de un gran número de normas y regulaciones sectoriales, así como la Ley de Economía Sostenible que pretendía la modernización del marco regulatorio de la economía española.

Por lo que a mí y a la CNMC en su conjunto se refiere, hemos podido disfrutar de su inmenso bagaje tanto personal como profesional en su última contribución a nuestro país como vicepresidente de la CNMC. Su aguda inteligencia, profesionalidad y su capacidad de concordia permitieron abordar desafíos complejos con soluciones innovadoras y siempre con enfoques conciliadores, en busca del interés público. Su pasión por el diálogo constructivo y su habilidad para forjar consensos hicieron de Ángel un líder respetado y admirado, tanto dentro como fuera de las paredes institucionales. Sin duda, a todos los que le hemos conocido, nos ha dejado una huella profunda también por su talante, simpatía y bondad. Ángel debe ser un ejemplo para todos, en particular para las futuras generaciones de líderes y servidores públicos comprometidos con nuestro país y sus instituciones.

Quiero destacar aquí uno de sus rasgos personales admirados por todas las personas que hemos tenido el privilegio de trabajar con él, o para él (porque con Ángel daba igual donde estuviera cada uno en el organigrama: su trato respetuoso y amable era exactamente el mismo). En cualquier reunión, Ángel era capaz de explicar con claridad el diagnóstico del problema, sus implicaciones administrativas, y las ventajas e inconvenientes que tenían las distintas opciones para su resolución. Sin prejuicios, escuchaba y analizaba con atención plena lo que los demás tenían que decir, prestando la misma atención todos: a su equipo, sin diferencia alguna por razón de rango; a los representantes de las empresas, tanto si eran grandes como pequeñas, o muy pequeñas; a los sindicatos o a pequeñas asociaciones regionales… En definitiva, a todos los que tenían algo que decir. El resultado era siempre mejor que el punto de partida, se incorporaban unas propuestas, se cedía en otras y sus interlocutores y colaboradores teníamos todos la sensación de que así es como se mejora un país.

Deja grandes amigos que le añoraremos con inmenso cariño. Con él, no hay un mal recuerdo. Jamás le vio nadie poner una mala cara, ni dar una mala contestación, ni en los momentos de mayor estrés. En tiempos como los que vivimos, en una sociedad cada vez más diversa y rica, los valores de tolerancia, empatía y diálogo que encarnó Ángel Torres deben inspirarnos a todos.

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